domingo, 19 de julio de 2009

Comprale una guitarra a tu hijo

En estados unidos nos están buscando

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Fabulous song. Where the Hell are the topical, protest , folk singing type singers we need so desperately today.

viernes, 17 de julio de 2009

clérigo sin casa






Al final de una jornada de trabajo profesional, en la entrada al departamento, escucho que Friedl tiene compañía. Tengo unas botellas de espesa cerveza y queso de cabra. Había pensado ocupar la noche en escribir alguna pequeña obra que satisficiera mi espíritu joven, pero esa voz que acompaña los graves sonidos de Friedl me atrae como a un condiscípulo. Siento la desilusión de no haber sido invitado pero sólo por un instante, el momento en que despierto de la atracción sonora. Clavada en la puerta del departamento, una nota de Friedl. Transcribo: “no golpees la puerta, tengo algo nuevo para mostrarte”.
En la oscuridad veo brillante a Friedl reflejado por la luz de un holograma.

Ei Milton Babbitt, la imagen del holograma es la de un antiguo goliardo.
‹¡Qué entendés por esta casa y mi presencia?›
El sopista puede verme o eso me parece a mí, como si fuera un gato o un admirable niño de enorme percepción.
‹¿Estoy en la casa del gran bebedor?›
Friedl muestra sus ojos de la incertidumbre.

Ei Milton, donde está tu aureola mágica.

Friedl pregunta.
‹¿Acaso mi figura te parece la de un demonio?›
Cecco, Angiolieri, ven a nosotros rezo, por qué dante se ha convertido en el padre poético y no tú, santo. Las palabras salen de mí como de un poseso.


Dante, ven a nosotros.
De improviso la percusión de la tristeza se convierte en un canto. Transcribo.
‹¿Cuál es tu ocupación en la vida misma?›
‹Tengo la certeza de que tu mujer se ha convidado con otro y así y todo, te veo, satisfecho con tu intelecto, engañado con tu fuerza espiritual, enfundado en guantes de cuero sostienes el cuello de tu pobre deseo por la verdad›
Creo que Friedl intenta sonreír. Me llama por mi nombre. Me dice.
‹Este es a penas un chico, pero parece saber acerca de cierta mujer›
Friedl se levanta ante la indiferente figura del holograma.
‹Pequeño› dice ‹incorpórate y responde a esta pregunta, ¿a que alma estás engañando ahora?›
El joven goliardo se ríe y salpica vino sobre su vestido.

Friedl me observa y trata de apaciguar mi terror.
‹Este no está entre nosotros› me dice ‹se encuentra en la calle, excedido de vino y encaramado con su laúd, sólo responde si se le hace una pregunta específica que lo despierte, es un juego difícil, está inflando la gracia de sus amigos con su canto›

Abro una de mis cervezas y el sonido al destaparse parece despertar de la indiferencia al joven sopista.
Friedl abre una botella de vino y la empuña con el brazo hacia su pico. Cantamos junto a la compañía del holograma.
‹Bibit hera, bibit herus,
bibit miles, bibit clerus…›

Siento la presencia de Vargas el monstruo, junto a nosotros.
Me habla con severidad y me obliga a salir del departamento de Friedl. ‹Enfréntate a la literatura Fantástico›
Un canto heroico de Aaron Copland me eleva de mi asiento.
Pero el canto de Friedl me retiene.
‹Fiel demonio› escucho, y su voz es tormentosa.



Cuando era joven estudiante, Friedl, de viaje por las eternas comarcas europeas conoció a una hermosa muchacha hija de un campesino. Esta era gran sirviente de su padre en el hogar y en los trabajos a campo abierto. Friedl al encontrarse varado en esas tierras, pidió un catre donde dormir y comida. A cambio de este servicio, compartió con ellos su deseo personal y sus investigaciones.
‹Soy capaz de contarles› les dijo ‹que con poco tiempo, podríamos llegar a conocer en carne propia las experiencias de la humanidad, todas sus experiencias›
Al cabo de unas noches el viejo campesino, impresionado por los poderes del joven científico, confesó a Friedl que su niña, sobre las formas que en lo ordinario se veían de ella, solía a veces cambiar su voz y sus costumbres y salir de noche a embrutecer su imagen en el poblado. La niña había sido la causa de la detención de Friedl en esa extensión de tierra.
‹¿Acaso toma otra forma que no sea la suya? ¿Cambia su rostro y sus maneras esenciales?›
‹Eso es exactamente lo que sucede› le respondió el viejo campesino.


Friedl me dijo ‹el vio en mí al hombre poderoso, ya había probado con médicos y clérigos y nadie había podido ayudarla… Me nombró demonólogo y ese fue el rol que yo ocupé sobre ella›


Friedl comenzó a vigilar a la joven.
Llevaba con él su equipo de instrumentos.
‹Mis herramientas eran un poco primarias pero podía medir a la distancia, ayudado por una serie de sensores, las pulsaciones de la muchacha, todo su cuerpo estaba, aunque lejos de mi habitación, graficado frente a mí. En el balancearse de las agujas, conocía su presión, su ritmo sanguíneo y podía adentrarme aún un poco más en los deberes de la razón, un poderoso lumínico que había instalado en su habitación me mostraba al menos un rastro de su inconsciente›
Pasaron algunas noches hasta que Friedl pudo ver, como la dulce niña, se levantaba de su cama y pintaba su rostro.
Comenzó así su persecución.


La quema de los pastizales, conseguía sobre la calle principal del poblado, el efecto de una neblina esplendorosa. Johann se sacudía mientras avanzaba. Pero no era dentro de la urbanidad del poblado donde estaba el destino de la endemoniada. Este camino ni siquiera era un engaño, le pareció al demonólogo, sino una sana superstición.
‹La niña estaba trazando, en su temporal demencia, el camino que hacía su abuela, cincuenta años atrás para encontrarse con su amante›
Al adentrarse en el bosque, en un lugar Johann se detuvo y profirió con una voz irreconocible y más grave que la suya.
‹¡Rabisu!›
Quién estaba al acecho sino Friedl, pero este así se mantuvo.
‹¡Ahazut!› bramó Johann.
Friedl se vio a si mismo entonces tomando a la muchacha en sus brazos y la vio desnuda, y al verla sin ropas, hizo con ella lo que de él se había pedido.

‹Había estado esperándote› le dijo Johann a Friedl.
‹¿Pero quién está ahí dentro tuyo Johann?› preguntó el científico.
‹Acabás de firmar un pacto conmigo› dijo la muchacha.
Friedl pudo observar con claridad a la cabra.
Separada del cuerpo de la muchacha ya había cumplido con su misión.

lunes, 13 de julio de 2009

Siguiendo la pista del hielo

Me acuerdo de algo muy diferente para estos días. Estar en clase, en el primario y mostrarle a mi amiga eliana una técnica para el artificio. Tiraba un poco de agua arriba del banco y con el dedo hacia unos trazos: la forma de una casa, unas nubes, el árbol caído a penas sobre el tejado a dos aguas. "mirá, esto es el dibujo con agua" habré dicho. la experiencia me dio la razón.

domingo, 12 de julio de 2009

sábado, 11 de julio de 2009

jueves, 9 de julio de 2009

La nobleza del hombre es la mente, imagen de lo divino.


Tengo la seguridad de que Friedl, de alguna manera, al atarse la pierna al ventilador de techo consigue conexión con el grupo de trabajo de Vancouver, es algo sabido por la información, un equipo de científicos de la universidad de Tierra Grande se comunica a través de un módulo, con habitantes comunes del pasado.

‹¿Pero que es lo que hacen?› pregunta Gilblán.
‹En este momento estamos sacándole la cabeza a un ciervo›
Me despierto. Escucho unos ruidos que vienen desde la cocina. Me levanto y me dan ganas de salir a la calle. Son las tres de la mañana. Los amigos de Tierra Grande deben de estar planeando algo monstruoso. ¿Que hay en la calle a esta hora? ‹Qué es lo que está pasando con los hombres› me pregunto mientras avanzo unas cuadras hasta el parque. Pero que santos que son para el hombre el pasto y los árboles.
En el mirador, me concentro en la contemplación del paisaje. ¡Pájaros de sangre fría, que vistas tan despreciables!


Me arrepiento de haber empezado con esta tarea. Tendría que suspender y dedicarme a escribir el libro de los zapatos que el señor Zacchi dijo que tan bien me iba a pagar. Sólo por ser leal a una buena reunión.
A las nueve de la mañana me encuentro con Giorgio Zacchi en una confitería para desayunar. Zacchi toma un poco de su café y siente asco. El mozo se disculpa. Zacchi se levanta de la mesa y lo empuja. Yo levanto mi taza de café y se la tiro encima al mozo.
‹Son bestias› me dice Zacchi
‹Se aprecia que usted es un hombre sin fisuras› le digo
Pero Zacchi se embroma con todo el mundo.
Miserable apasionado. Hablamos el mismo lenguaje.

Lo tengo a mi vecino grabado en el contestador. Me asegura que puede hacer contacto con la gente de Vancouver. Que me acerque a su departamento a las diez de la mañana para que pueda yo, hacer las transcripciones de los diálogos bárbaros.
A las diez menos cuarto golpeo la puerta de Friedl.
‹Ya tengo los primeros sonidos› me dice
Me siento en uno de los sillones, bastante alejado de su pierna atada.
‹Qué es lo que dicen› pregunto
‹Ya tengo algo…los bárbaros están conversando›

Lo escucho hacer unos gemidos extraños, está entre nosotros Shostakovich para dar fe de la veracidad de este prodigio.
‹eeaaaaaarrgggggghee› transcribo.

La voz se apodera de las facciones de Friedl. Transcribo.
‹¡Dónde está la buena de tu madre?›
‹Detrás del árbol›
‹Piiinngggeeeennn!!!!›
La voz de los bárbaros es la misma voz de Friedl.
‹¿Qué es lo que quieren Micones?›
‹Los jabalíes que hemos cazado ayer no están colgados, ¡quién ha comido mis jabalíes?›
La pierna de Friedl se sacude a cada giro del ventilador, la velocidad de las aspas se apodera de los movimientos de los bárbaros.
‹Van a comerte tus propios hijos cerda›
Las sacudidas del ventilador ahora son insoportables para la pierna de Friedl que pierde el asiento del sillón y cae al piso. Transcribo.
‹¡Fue el Greten el frondoso?›
‹No es mi hermano, Micón, vas a quebrarte la cabeza si vas con él›
La voz de Friedl se apodera de un hermoso paisaje boscoso. El sol está abierto entre el ramaje.

El bárbaro Micón se levanta de su piedra. La voz de Friedl dice ‹¡dddooooorrggg!›. El Frondoso arrastra un jabalí y se acerca hacia donde están los Micones.
‹¡Quién me quiere Micón?›
‹Ese es uno de mis comidas›
‹Esto es mío, ¿me quieres tu Micón?›
‹No te quiere tu cerda›
El Frondoso se agarra de un árbol y hace fuerza para arrancarlo de la tierra. Micón hace lo mismo. Otra vez el Frondoso se sujeta del árbol y trata de retorcerlo. El Frondoso consigue sacar de raíz el árbol. Pingen grita. Hace silencio Micón tanto como el Frondoso.
‹Sacaron de tierra mi árbol preferido›
El frondoso toma al jabalí de una pierna y lo arrastra hasta su campamento. La imagen comienza a disiparse.
Friedl deja de hablar, espero un minuto para asegurarme de que ya está terminada la conexión. Me arrodillo y le doy un suave golpe en la cabeza. Dejo las hojas sobre el escritorio y salgo de su casa.


Me confiesa Friedl que de alguna manera consigue robar información a los científicos en Tierra Grande. Estaba en un error al pensar que había de por medio una sociedad. Friedl está elaborando entonces un trabajo paralelo y yo estoy demasiado comprometido.
Me cuenta Friedl que en Tierra Grande han podido captar imágenes con su módulo. Me muestra la foto de un bebé monstruoso con los brazos abiertos.

‹¿Saben algo acerca de nosotros?› pregunto.
‹Me conocen a mí, pero no saben que estoy en contacto›

Friedl me cuenta acerca del enorme satélite que hizo fabricar la universidad.
‹Yo hice los planos junto a Gilblán› dice ‹Era un lugar excelente para trabajar›

‹Tendría que denunciar a este individuo antes de que nos maten a los dos› pienso. Arriba de mi scooter, en el aire de la autopista, avanzo a noventa kilómetros por hora hacia la casa de mi madre.

Todo el tiempo la figura de Micón, Pingen y el Frondoso me vienen al recuerdo. Mi madre me sirve un té con leche y me cuenta sobre Simón, el hijo de mi hermano. Combato la imagen de los bárbaros con mis conocimientos cristianos. La imagen de la paz se me presenta luminosa.
Cristo me bendice con su estilizada figura de comprensión. ‹Baja del árbol tonto, aléjate de los proyectos teóricos›
Schoemberg se me presenta vestido de diablo.
‹No, baja del árbol niño, ven con nosotros a bañarte al lago›

‹Pedregoso Schoemberg sal del alma de este› Escucho a Jesús temblar.
De repente mi madre se lleva las manos a la cara.
Estoy imitando unos gestos. Recuerdo una foto de Nieztche en su estadía en el manicomio de Jena.
‹Baja del árbol tonto ¿No estás escuchando mi dulce voz?›
Me tientan como a San Antonio con aquellas etíopes maravillosas.
‹No voy a bajarme› digo. Mi madre me toma la mano y me besa en la frente. ‹Buena madre, ¿todos cometemos los mismo errores?›
Mi madre me sirve otro té con leche. ‹¿Cuáles errores?›
‹Los errores, madre›

Los gratos recuerdos de la infancia vienen con las flores. A los doce años fui miembro de una asociación de pendencieros que tenía centro en el quincho de la casa de mi madre. Nos vestíamos con traje. Cuatro muchachos y mi calandria Júpiter. Teníamos por costumbre tomar unos vasos de cerveza belga que robábamos de la cava de mi padre.
Mi hermano pequeño también había pedido que le compraran uno de nuestros uniformes. Su teclado venía con él. Cuando nos considerábamos borrachos, entonces, procedíamos a dejarnos llevar por las iluminaciones.
‹Ah, girasoles rodantes› ppppiiiiiiiinnn ppaaaaaammm ppeeeeemm ppooooommmm Peeeeeenh ppppaaaaaaaaaaannn pppppppiiiiinn Peeeeeeeeeenh. Los acordes se nos presentaban de pie y nos convertíamos frente a esas montañas. ‹Los estupendos prodigios de la infancia›
Me abrazo con mi madre, un robusto abrazo. ‹Es mi hora de ir a trabajar›
Sobre el scooter, otra vez los acordes vienen a mí, como un monje se acercaría a un discípulo. Ppppiiiiiiinnn ppaaaaaammm ppeeeeemm ppooooommmm Peeeeeenh ppppaaaaaaaaaaannn pppppppiiiiinn Peeeeeeeeeenh.

En la casilla de correos, encuentro cinco mensajes de la secretaria del señor Zacchi. Respondo que por el momento estoy ocupado con otros encargos y no puedo dedicarme a redactar el libro. Recomiendo a un escritor entrerriano.

Por la noche llego a mi departamento. Friedl me intercepta cuando estoy saliendo del ascensor y me pide que entre en su casa. ‹Es urgente›
Se sienta frente a un módulo satelital de su invención. Lo encuentro abatido.

‹Hice unas grabaciones de los hombres de Tierra Grande› dice y enciende el interruptor.
Se escucha una larga interferencia. Hago gestos de tener ganas de tomar una cerveza y me señala una heladera que tiene empotrada bajo el escritorio. Le ofrezco una y tomo un trago. Una voz ahora se empieza a hacer clara.
‹Los tomates están grandes y rojos›
‹Si, ya están rojos y jugosos› dice otra voz.
Otra vez comienza un sonido de interferencia y por último la grabación se corta.
Friedl me mira desolado. ‹Van a viajar para atrás› dice.

‹¿Van a viajar para atrás?›
‹No encuentro otra explicación posible›
Friedl se levanta y me muestra una foto de la base de radares que instalaron en Pico de los Perros.
‹Se sienta Gilblán con un casco y con un cubo en el cuarto de transmisión molecular y viaja hacia atrás› dice mi vecino.
Gilblán es el detractor número uno de Friedl.

‹¿Y que hay con esto?›
Me lo imagino a Gilblán frente a una horda de bárbaros.
‹Se lo van a comer vivo› digo, para animarlo.
Pero Friedl está en otra parte.

lunes, 6 de julio de 2009

sábado, 4 de julio de 2009

Hace unos días que vengo escuchando la expresión: "que te pase en cámara lenta".

Cómo un mensaje de un amigo a otro, en la despedida.

De mis bicicleteadas semanales por el nuevo barrio, saqué fotos.
Este es el gimnasio Strong.



Esta es Caro si fuera casa, los que la conozcan coincidirán o no.

Y me despido con las palabras del poeta.

"¿Un ave melancólica? ¡Qué idea ociosa!

En la naturaleza no hay nada melancólico"

jueves, 2 de julio de 2009

En la casa del árbol,

Mejor decir, la base de troncos apoyada
Y atada con cuerdas, sobre las ramas
Del pino. En la altura del mundo, la
Visión de la casa. La mujer anciana a
Un paso del marco de la puerta escurre el
Trapo sobre el pasto.
Las copas de los Árboles próximos
son la compañía del Altonauta.

En silencio además el ritmo, de la costa,
Los animales que deambulan y
La profundidad que arrulla al ave rapaz.